Por Yamila Sánchez Rodríguez

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Luis, su papá y un amigo, en ese orden.

“Regresé a Cuba desde el exterior, y es una lástima que me tenga que marchar, pero donde quiera que esté seguiré soñando con mis manglares y mis montes. Siempre orgulloso de mi padre carbonero, mis pantanos, mis sacrificios y logros”, así me escribió Luis Alberto Alfonso Rodríguez, al revivir su propia odisea estudiantil con la crónica de portada publicada en nuestra pasada edición.

La Patria se lleva en la sangre, pensé al leer su mensaje, aunque uno ande por Londres, Ginebra o París. La emigración es un fenómeno cada vez más frecuente, pero ¿qué pasa con esos cubanos desarraigados por extraños sueños o un idílico amor?

Intrigada por una historia que ya presentía intensa y rica en experiencias, comencé un diálogo en la distancia con el protagonista de esta entrevista que hoy publica Humedal del Sur: un cenaguero ausente, que no ha dejado de amar sus raíces.

CAYO RAMONA: REGRESO A LA SEMILLA

“!Guicho!, deja eso, muchacho”, pero el niño solo reía y andaba de un lado a otro llenándose de polvo negro y cenizas los zapatos, pintándose las manos y la cara con el tizne de los carbones.

Amanecía y anochecía en el pequeño bohío de guano. No había luz, ni ventiladores y varias veces en la noche el padre se levantaba o casi no dormía, vigilando que no se volara el horno, pero allí le gustaba estar al pequeño Luis.

Allí aprendió a amar y respetar a su padre. Recuerda el día que fueron a pescar a Punta Perdiz, como hacían con frecuencia en familia. De pronto se escabulló, no sabe ni por qué. Mientras, el viejo Luis, entretenido con la pesca no había reparado en su ausencia. El nailon se tensó, algo había picado, el improvisado pescador sonreía, pero al darse cuenta que el chico no estaba, la alegría se tornó angustia, desesperación…

–¡Luisitoooooooo!

Como loco comenzó a buscarlo, y se olvidó todo, el nailon, la pesca, lo que comerían esa noche… Cuando lo encontró al fin, muy risueño, bañándose en una playita cercana y virgen entonces, casi lo hubiera molido a golpes, por perderse, pero estaba demasiado feliz de haberlo encontrado a salvo.

Para al travieso no le faltaban las aventuras en la ciénaga, ni cosas en qué entretenerse. Y cuando comenzó la escuela, nuevos horizontes se abrieron, horizontes que cambiarían para siempre su vida, sobre todo unos libritos de Inglés con pronunciación simulada que encontró en la casa, heredados quizás del abuelo materno, al que no conoció, pero que según le dijo su mamá sabía algo del idioma. Aquellos libros, sin saberlo, definieron lo que sería después.

De hecho, estando aún en la primaria, lo invitaron a un concurso sobre la lengua de Shakespeare en una ESBEC de Jagüey Grande, aunque en su nivel no se impartía la materia.

“Me dieron un certificado de Mención por ser el único niño de primaria de la Ciénaga que sabía Inglés autodidacta ¡Qué alegría cuando recibí el diploma! Creo que al final eso fue lo que me decidió a solicitar después Lengua Inglesa en el Pedagógico.”

Tesón y habilidades lingüísticas le sobraban. No en balde hoy habla cinco idiomas: Español, Inglés, Alemán, Francés y Suizo-alemán. Pero los años de preparación fueron duros. Cenaguero, humilde y en Periodo Especial, no podía ser de otra forma.

CON LA MOCHILA AL HOMBRO

“Los años de trajín son una mezcla de tristeza y alegría”, evoca Luis al pensar en aquella etapa donde las dificultades para viajar daban pocos deseos de salir o de regresar, y menos de estudiar tan lejos.

“Para compensar eso me convertí en un viajero nómada con una mochila y libros de Inglés a mis espaldas, de botella en botella, de terminal en terminal.

“La única opción de viaje directo era el ómnibus Giron-Habana, solo los domingos por lista de espera. Una proeza si lograbas atrapar un asiento. Y estudiaba mucho, lo mismo en una guagua que en una fiesta, porque mi mamá no quería que fuera carbonero como mi padre.”

A partir de segundo año, en el entonces pedagógico Juan Marinello, comenzó a impartir clases de Inglés hasta su graduación en 1992, cuando fue seleccionado profesor del mismo departamento.

Pero nada varió en su conflicto. “Seguía sufriendo las consecuencias lógicas de la lejanía de mi pueblo y de mi familia. Una vez quise dejarlo todo y trabajar con mi padre de carbonero. Mi madre se echó a llorar, y tuve que regresar por no verla sufrir. Hoy me pregunto si hice bien o mal.”

UN CAMBIO DE 180◦

No hay nada como el mucho esfuerzo para provocar transformaciones, a veces radicales.

“En mi búsqueda de mejoras económicas laboré en otros centros de enseñanza superior como la Universidad Camilo Cienfuegos de Matanzas, el Instituto Provincial de Ciencias Médicas y otros.” En los 90, incentivar el desarrollo de la industria sin humo fue una alternativa clave para sacar al país del pozo donde lo arrojó la caída del Muro de Berlín, pero nacía así una tentación más para el sector profesional. Luis no escapó a ella.

Su dominio de varios idiomas lo llevó al turismo. Comenzó como animador, primero en el Hotel de Playa Girón; después, en el de Playa Larga. “Luego fui director de Relaciones Públicas en Villa Guamá, y finalmente guía en Gaviota Tours Varadero. Trabajando allí conocí a una joven suiza de la cual me enamoré y decidí irme con ella.”

ADIÓS CUBA

Estaba decidido, pero cómo decírselo al “viejo”. Él y su hermana eran su alegría. Pero ahora se iba y pasaría mucho tiempo sin verlo. Con el corazón recogido llegó a la casa. Dio par de vueltas, hasta que…

–Viejo, me voy para Suiza.

El viejo lo miró, respiró profundo. Y casi sin pestañear, como si lo hubiese esperado, le replicó:

–Haz tu vida, que yo ya hice la mía.

Y allá se fue a recorrer el mundo, a probar fortuna, pero en el equipaje se fue también un poquito de su Ciénaga, de Cuba, ese olor a leña quemada, a tierra húmeda que no lo abandonarán nunca, ni el ejemplo de su padre.

“Él no conocía de ciencia, ni de la bolsa de valores, apenas sabía firmar con un lápiz en un papel; pero era especialista en hacerle el bien a todo el que se cruzara en su camino. Tenía un doctorado en amistad, otro en amor por los demás, y un corazón más grande que un estadio de fútbol, por eso vivió 84 años.”

Luego vendría el exilio, el deslumbramiento… y la añoranza.

ALLENDE LOS MARES

“Cuando más extrañas tu terruño, tu gente…, es cuando te conviertes en un tipo de extranjero que en realidad no eres. Lo primero es poner una bandera cubana en cualquier lugar de tu casa de allá.

“Y empiezas a buscar a otros coterráneos, clubes cubanos o latinos para mantener tus raíces y tu esencia, pero eso lo haces sin pensar. Yo no podía aguantarme y ahorraba para venir, aunque fuera una vez al año.”

Cuando emigró a Suiza, Luis no pensó encontrarse con ningún cenaguero, pero para sorpresa suya conoció a cuatro, sin mencionar el mar de cubanos que descubrió a lo largo de sus viajes por el viejo continente y en Estados Unidos, donde hoy vive buena parte de su familia.

“Una vez, cuando me divorcié de mi primera esposa en Suiza, no tenía ni trabajo, ni casa, ni dinero, y fueron mis amigos cenagueros y uno de Holguín, quienes me tendieron la mano, con dinero, comida y hospedaje hasta que resolví mi situación.”

Y es justo esa naturalidad del cubano una de las cosas que más ha extrañado. De momento vive una temporada con su madre, en Agramonte, pues tras la muerte de su padre, Cayo Ramona se volvió demasiado triste para él. Y aunque algunos pudieran pensar que ya no es de aquí, ni de allá, él sostiene:

“Creo que el que decide vivir fuera de la Ciénaga nunca deja de ser cenaguero. Los que se quedan aman tanto su tierra como los otros. La migración y la emigración existen desde los propios orígenes del ser humano. Tanto dentro como hacia el exterior, el fenómeno es multifactorial.

“Pero todo el que se va, vive añorando su tierra natal, no importa la razón por la cual haya emigrado. Lo único que no cambia es el amor a la tierra que los vio nacer, el anhelo de volver a reunirse con los amigos, coterráneos y familiares; y de disfrutar de la belleza natural de nuestro país y especialmente, de nuestro humedal.

“El amor a la patria, a la familia, la amistad y los valores se forman en las etapas tempranas y se continúan en la escuela, pero el amor al suelo donde uno vive, no se enseña: ¡eso nace con cada cual!

“Y de la Ciénaga, lo que más extraño son los años cuando recogía caracoles en Playa Girón, cuando no existían los celulares, las mp3, los pantalla plana y las computadoras. No porque esté en contra del desarrollo tecnológico -a mí también me gustan las comodidades de la modernidad-, si no porque la gente cuando tiene poco es más humilde.

“Lo digo por mí mismo que pasé por una época en mi vida en que juzgaba el éxito y la felicidad por lo material. El progreso y las nuevas tecnologías tienen muchas ventajas, pero también sus desventajas; a veces alejan al ser humano de sus semejantes, de su esencia, que es el amor, y lo vuelven egoísta, frío…

“A mi país siempre lo he visto como a mi madre, a la que uno siempre quiere, extraña y nunca traiciona. Está contigo en las buenas y en las malas. Y siempre regresas porque nadie más te quiere tanto como ella, porque como el amor de madre no hay otro.”

 

 

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