Por Mayuri Martín García

Email: mayurimartin1986@gmail.com

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Vegetación de la parte norte

Quienes transitan por la Carretera Central desde Matanzas rumbo al interior de la provincia, muchas veces desconocen las bellezas que se esconden a la izquierda de su viaje, enfrente del poblado de Limonar.

Entre lomas onduladas y colinas de más de 100 metros sobre el nivel del mar, colindante con las zonas de Limonar, Cárdenas, Coliseo y Camarioca, en el lugar donde escurren las aguas y el terreno se hace muy fértil encontramos el Valle de Guamacaro.

Colmado de hechos de las diferentes etapas de la historia. La región ha servido de inspiración o abrigo para poetas, artistas, personajes reconocidos a nivel nacional e internacional, que nacieron aquí o muy cerca, como el caricaturista Manuel Hernández, el pintor Esteban Chartrand, la poetisa Luisa Molina… y hasta José Leopoldo Yarini, abuelo del famoso rey del bajo mundo habanero Alberto Yarini, hacendado que hizo fortuna en la comarca.

Los ríos Moreto y Yaití, dos de los afluentes más importantes del Canímar, atraviesan Guamacaro. Esto posibilitó el asentamiento de cazadores y recolectores, nuestros primeros habitantes. Arqueólogos y especialistas han descubierto en las márgenes los principales sitios paleolíticos de la provincia.

Y esa misma tierra fecunda hizo que los colonos, sobre todo franceses, levantaran riquezas gracias a los cafetos y las plantaciones de caña de azúcar.

Cuenta Reyna González González, historiadora del municipio que la primera institución de carácter legal en la demarcación fue la iglesia parroquial de San Cipriano, primer templo del territorio.

Los feligreses asentados, así como los que llegaron, protagonizaron una prosperidad económica evidenciada por la cifra de doce ingenios, más o menos igual número de cafetales y pequeñas fincas dedicadas a cultivos variados.

La producción era tal, que desde aquí se abastecían los mercados de las florecientes ciudades de Cárdenas y Matanzas.

Precisamente, la creación de la ciudad de Cárdenas y su puerto en 1828 posibilitó a los hacendados una mejor ruta para sus transacciones comerciales y por supuesto, menos gastos en el transporte del azúcar que hacían por Matanzas.

Por estas fechas, el 70 por ciento de la población era esclava, no es de extrañar que se dieran sublevaciones tan importantes como Sumidero-Sabanazo y la rebelión en el ingenio Ácana, en esta última se destacaron los negros Eduardo y Fermina.

En estos lares Antonio Maceo también libró el combate conocido como Perla. La historia recoge que el día 25 de febrero de 1896 se dio la pelea entre fuerzas mambisas y españolas, que se extendió a los ingenios Diamante y Julia. Sus cañaverales fueron incendiados y terminó en la loma que ahora lleva el nombre del Titán de Bronce.

Ofrey Hernández, uno de los hijos de esta tierra y quien ha recopilado su historia, nos cuenta que el Valle está compuesto por “dos grupos de lomas importantes, las de la zona del norte y las del sur. Con dos vegetaciones distintas: en el primero el suelo es de roca azul, donde solo se dan los miraguanos, la palma jata y los abrojos; sin embargo, en la parte sureña, las plantaciones son más verdes y la tierra mucho más fértil, sobre todo en las fincas Morla y Perla crecen los árboles frutales silvestres, tales como chirimoyas, mamoncillos, guanábanas, limones, mangos, aguacates.

“Las frutas nunca tuvieron precio, ellas no se sembraban para la venta, sino para el consumo de la casa y de las amistades. No olvido a los viejos colonos en las reuniones, un domingo de cada mes, donde planteaban sus preocupaciones, analizaban sus problemas y ayudaban al más desvalido.

“Aunque había analfabetos seguían tradiciones con inteligencia: rotaban los sembradíos, regaban cachaza como abono. Aprovechaban al máximo la tierra, al sembrar frijoles y maíz dentro de otros cultivos. El guagüí se cosechaba dentro de la caña nueva de la próxima contienda. También plantaban palmas reales en los linderos de las colonias para utilizar el palmiche para la cría de cerdos.”

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Paisaje del Valle de Guamacaro en su porción fértil

Él, que ya no vive en estos predios, recuerda con nostalgia “los espléndidos atardeceres cerca de las lomas de Botino, La Caoba y la de Maceo. También los días de lluvia, cuando se llenan los arroyos y el agua baja velozmente del lomerío hacia las cañadas que terminan en el Moreto”.

El cultivo de caña fue, sin dudas, el que reinó hasta que el Horacio Rodríguez dejó de pitar. Hoy los habitantes continúan sembrando guagüí, maíz, arroz, frijoles… en estas tierras de color negro, rodeadas por verdes colinas, una maravilla natural de Matanzas.

 

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