El amor, todo lo puede

Publicado: 27 febrero, 2014 en amor, Ciénaga de Zapata, Ciencia Cubana, Cuba, jóvenes
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Por Mayuri Martín García

Fotos: Reinier Dávalos Peña

La historia de Yaima Mesa muestra que las adversidades se superan con ahínco.

La historia de Yaima Mesa muestra que las adversidades se superan con ahínco.

La vida de Yaima Mesa no ha sido fácil. Es una de las pocas pacientes cubanas aquejadas con Atrofia Hemifacial Progresiva, enfermedad que ha podido superar gracias a la voluntad de los médicos y el amor de su madre. Vive en uno de los poblados más apartados de Matanzas en la Ciénaga de Zapata, El Helechal.

Faltaban solo tres meses para graduarse del noveno grado y Yaima Mesa Hernández decidió abandonar la escuela. La joven había querido ser maestra desde pequeña y ahora los sueños se convertían en pesadilla.

Compañeritos de aula y hasta adultos la miraban con asombro. Desde los once años Yaima comenzó a perder la mitad del rostro ante la vigilia impotente de su madre, Maribel Hernández.

“La niña no quería salir de la casa y lloraba mucho, se burlaban de ella, no se tiró ni una foto más. Cuando la llevé al médico en Jagüey Grande me dijeron que no tendría solución, entonces la situación empeoró”, explica adolorida Maribel.

Sin dudarlo desde El Helechal partió con un único objetivo: devolverle a la pequeña la que la Naturaleza empedernida le quería arrebatar.

Fue en el Cardiocentro de Cirugía Infantil William Soler en La Habana, donde madre e hija escucharon las palabras de aliento que necesitaban: “No se preocupe mamá, que lo de su hija sí tiene solución”. Y hasta hoy esa afirmación es una especie de conjuro para el bien de la familia, aunque han pasado más de 15 años.

Aquella doctora devolvió la esperanza y les recomendó buscar al doctor maxilofacial Carlos Manuel Cruañas Sospedras. Donde único se realizaban las cirugías para restaurar el rostro era en el Hospital Clínico Quirúrgico Hermanos Ameijeiras. Durante tres días aguardaron por el médico.

“Al verlo mi mamá se fue corriendo y le dio el papelito. Él le preguntó: ¿es usted? y le respondió: no, mi hija. Y ahí comenzó el tratamiento: ocho operaciones en total. Vivíamos más tiempo en La Habana que aquí.”

La Atrofia Hemifacial Progresiva o Síndrome de Parry-Romberg, se describe en la literatura especializada como laatrofia de la piel, la grasa, el tejido muscular y en ocasiones el tejido óseo en una mitad de la cara. Es rara, y los casos conocidos aparecen antes de la segunda década de la vida. Tiene carácter progresivo e irreversible. El único paliativo hasta el momento lo constituye la cirugía para restaurar estéticamente el rostro.

“En aquellos momentos éramos tres casos nada más en el país, una de raza negra en Guantánamo, una rubia de La Habana y yo mestiza en el centro”, indica la joven.

El 18 de mayo de 1997, como regalo de su quince cumpleaños, Sospedras condujo a la paciente hacia el quirófano. El equipo tardaría 13 horas para retirar parte del epiplón (capa membranosa doble de tejido graso que cubre y apoya a los intestinos y órganos en el abdomen inferior) e injertarlo en la zona afectada. Tuvieron que luchar contra cinco paros respiratorios.

“Pasé tres días en coma crítico en terapia intensiva. Mi mamá no me reconoció. Estaba hinchada y en cada huequito tenía un aparato conectado. Cuando me sentí mejor pedí verme en el espejo. El doctor accedió y me dijo: no estás perfecta, la perfección no va a volver, vamos a tratar de ponerte tu cara lo mejor posible.”

Sus dos grandes tesoros Lisay y Maribel. Foto: Reinier Dávalos

Sus dos grandes tesoros Lisay y Maribel. Foto: Reinier Dávalos

Y así sucedió, tras ocho intervenciones, y el sacrificio y la voluntad de su madre y los especialistas, hoy Yaima se ha podido integrar a la sociedad. Trabaja en la dirección municipal de los CDR de Ciénaga de Zapata y es madre de Lisay Jáuriga Mesa, su tesoro de 10 años.

“Yo deseaba tener un hijo. Al padecer un problema de salud así tan grande uno piensa muchas cosas negativas… pero también me digo: a los 60 años quiero tener nietos.”

Aunque no pudo asistir al pre pedagógico como anhelaba, terminó el duodécimo grado en la Facultad Obrero Campesina y en la casa estableció un círculo de estudios donde ayuda al niño y a sus compañeritos a repasar las lecciones.

Cuando mira hacia atrás no olvida su complejo por ser diferente, las consultas con el psicólogo, la tenacidad de Maribel, quien casi sin dinero estuvo siempre a su lado y la gratitud que siente por aquellos que de manera anónima ayudaron en horas aciagas.

Para ella su vida es un milagro de la ciencia cubana y como tal trata de vivirla. Espera que nunca esa terrible dolencia vuelva a afectarla.

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